¡ Tengo miedo !

El miedo es una emoción que se dispara ante la percepción de un peligro. Tiene una finalidad adaptativa, siempre que el peligro que nos acecha sea realmente un peligro. El protagonista del cuento “Juan Sin Miedo” seguramente vivió poco tiempo, ya que no era capaz de discernir lo que ponía en riesgo su vida de lo que era inocuo.

Los miedos infantiles son muy comunes, es uno de los principales motivos de consulta junto con la problemática relacionada con el fracaso escolar y el trastorno negativista desafiante.  De hecho hay miedos que son evolutivos, es decir, son miedos que van apareciendo según la edad del niño. A veces, al ser miedos leves y transitorios no se les presta mucha atención, sin embargo si se han enfrentado de manera inadecuada, pueden cronificarse.

¿Cuáles son los miedos evolutivos más frecuentes y cuando aparecen? En los primeros años de vida los miedos se relacionan con estimulación intensa y novedosa, como ruidos fuertes, personas desconocidas. Durante la etapa de educación infantil aparecen o se recrudecen los miedos a animales, la oscuridad, las heridas, la separación de los padres, a personas disfrazadas, a catástrofes naturales. En los años de educación primaria surgen y/o se intensifican los miedos a seres fantásticos como brujas u ogros, a las tormentas, a la soledad, a la muerte.

Más tarde, en la preadolescencia empiezan a desaparecer esos miedos infantiles, y aparecen otro tipo de miedos relacionados con la apariencia física, las relaciones interpersonales, el fracaso escolar. De estos nos ocuparemos en otras entradas.

No todos estos miedos se dan en todos los niños, lo que sí hay es una predisposición mayor a desarrollarlos en esas edades ante sucesos que para nosotros pueden pasar desapercibidos. Por ejemplo, es posible que un niño de 5 años desarrolle miedo a la separación de sus padres después de que en una ocasión hayan ido a recogerlo tarde al colegio.

Hablamos con ellos de sus miedos y cómo les hacen sentir:

  1. Pídele que te hable sobre lo que le da miedo, así le entenderás mejor: qué le da miedo, qué piensa que puede pasar, cómo siente su cuerpo (respiración, pulsaciones,…)
  2. Cuándo sienta miedo, abrázalo y consuélalo, que se sienta comprendido. Nunca lo ridiculices, que no comprendas sus emociones no le va a ayudar.
  3. Tranquilízalo, pero sin quitarle importancia a su  miedo. Como decía antes, ayuda que se sienta comprendido. Olvídate de decirle “eso es una tontería”, “eso no hace nada”.
  4. Mostrarnos tranquilos ante lo que le atemoriza y no alejarlo. La evitación alimenta al miedo, y lo hace cada vez más gordo.
  5. Anímale a enfrentarse a su miedo de forma paulatina. Pero nunca le obligues, ni le engañes para exponerlo a aquello que le da miedo.

Y recuerda, para que no se desarrollen nuevos miedos o incrementen miedos evolutivos:

  • No obligues a tus hijos a exponerse engañándoles y sin una preparación previa de la situación. Si bien la exposición es una técnica que da buenos resultados en clínica, se hace siguiendo unos pasos. Una exposición en la que no se controlan los niveles de ansiedad de quien sufre el miedo o la fobia, da lugar a que ese miedo aumente y se alargue en el tiempo.
  • No lo alejes ni evites aquello que lo atemoriza. Si le dan miedo los perros, no dejéis de ir al parque por si aparece un perro.
  • Analiza tus propios miedos. Los niños aprenden por modelado, si a tí te dan miedo los perros, los ascensores, .. seguramente le estés enseñando a tus hijos a desarrollar esos miedos.
  • A veces los padres, madres, abuelos o cuidadores utilizan fórmulas para controlar el comportamiento de los niños, ¡ojo con ellas!: “no te vayas lejos, que está muy oscuro”, o “que viene el tío del saco”, “si no te tomas el jarabe, te van a tener que pinchar”, “si no comes, te llevo al médico”, “si no te estás quieto llamo a la policía”, etc., que les provocan miedos.

Si algún miedo se agrava de manera que interfiere notablemente en la vida diaria de tu hijo/a se puede haber convertido en una fobia, busca asesoramiento de un profesional para saber como atajarlo, seguramente  haya circunstancias que lo están alimentando y no las hayas detectado.

 

 

Autor

Paqui Morales - Psicóloga

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